El retrato romano

El retrato fue un elemento esencial de la cultura romana y una de sus grandes contribuciones artísticas. Fue la imagen del poder, de aquellos que rigieron los destinos del Imperio, pero mostró también la dimensión humana de sus habitantes, del ciudadano. Su uso se extendió por todas las provincias del Imperio y representó a todas las clases sociales, desde el patricio al liberto, desde el senador al magistrado de una pequeña ciudad provincial. Hombres, mujeres y niños fueron esculpidos, siguiendo los dictados de modas establecidas en la capital del Imperio por la corte imperial, para perpetuar su memoria y construir la romanidad, la pertenencia a la cultura de Roma.

La aportación del mundo romano a este género constituye una de sus grandes contribuciones artísticas. Frente al retrato griego, del que procede, trata de conferir a los retratados una expresividad aparentemente individual, pero teñida de un carácter profundamente “tipológico”. Aunque, tanto en el retrato oficial como en el privado, no sólo se plasman sus rasgos físicos, sino también las virtudes que caracterizaban al hombre noble romano: virtus, clementia, iustitia y pietas.

La irrupción del retrato fisionómico como un signo de la romanidad fue un fenómeno extendido por todas las provincias del Imperio. La acogida entusiasta dispensada por las élites provinciales al retrato no fue solo producto de una moda, sino toda una actitud que justificaba la preminencia social de los novi homines, adheridos al nuevo régimen político implantado por Roma y a su programa ideológico e iconográfico.

La riqueza y la multiplicidad de estas visiones convierten el retrato romano en una manifestación artística que nos permite mirar cara a cara a la sociedad romana como no tendremos ocasión de contemplar en ninguna otra hasta la llegada de la Edad Moderna.