Arqueología de la muerte

 

 Selección del itinerario completo disponible para realizar en el Museo con la Guía multimedia.

+Info 

 

Duración: 110'

 

Arqueología de la muerte

 

El recorrido nos acerca a diferentes formas de entender el tránsito al Más allá en la Península Ibérica y en alguna de las civilizaciones más importantes del Meditérraneo antiguo, como la egipcia y la griega.

La arqueología de la muerte estudia los diferentes tipos de enterramiento y los ajuares asociados a ellos con el fin de conocer la posición social del difunto dentro de la sociedad a la que pertenecía y en consecuencia deducir los principales rasgos de la organización social de su grupo cultural y la ideología que lo sustentaba. El rito funerario además refleja las creencias religiosas colectivas del grupo al cual pertenecía el difunto.

Los primeros enterramientos colectivos en las sociedades neolíticas, las primeras tumbas individuales en la edad del bronce, las espectaculares tumbas aristocráticas de los pueblos ibéricos, los sarcófagos de época romana y medieval, la cámara funeraria egipcia o las necrópolis griegas nos dan a conocer uno de los aspectos culturales común a todas las sociedades humanas: el rito funerario.

Prehistoria : Neolítico y Calcolítico (5.600-2.200 a.C)

Primeros enterramientos

Las poblaciones campesinas vivieron en poblados y enterraron a sus difuntos en lugares próximos. Inicialmente lo hicieron en fosas individuales, en cuevas y grietas. Con el paso del tiempo, sustituyeron la tumba individual por la colectiva y enterraron a muchos individuos sucesivamente en cuevas o en cámaras construidas con grandes losas de piedra, a modo de panteón familiar.

Ejemplo de este tipo de enterramiento colectivo es el de la cueva granadina de los Murciélagos. Aquí se hallaron, según su descubridor, doce cadáveres dispuestos en círculo en torno a otro de mujer y otros diseminados en diversas salas, que aún conservaban restos de su vestido, calzado y pertenencias. Entre éstas destacan los adornos personales y los cestillos de esparto finamente tejidos. Ya fueran ajuares personales u ofrendas, algunos de estos objetos son únicos, como la diadema de oro que apareció junto a un esqueleto. Este uso exclusivo de un objeto valioso es interpretado por los arqueólogos como un indicio de una incipiente diferenciación social en la igualitaria comunidad campesina.
 

 

Primeros enterramientos

Planta 0, Sala 7

Prehistoria: Edad del Bronce (2.200-850 a.C)

El varón guerrero

Por primera vez, en las poblaciones de a Edad del Bronce destacan determinados individuos. Son los jóvenes jefes guerreros. Se les reconoce por el uso exclusivo de determinados objetos de lujo y armas. Lujosas cerámicas campaniformes, brazales de arquero para amortiguar el impacto de la cuerda en el tiro con arco, puntas de flecha y puñales de cobre, el nuevo metal que otorga prestigio, son sus signos de identidad y con ellos se enterraron en tumbas individuales o individualmente en tumbas colectivas. Enterramientos con estos ajuares aparecen en un amplio espacio europeo y peninsular lo que evidencia relaciones entre las élites de distintas poblaciones. Denotan una ideología del poder vinculada a la posesión de armas y a la celebración de determinados rituales funerarios o conmemorativos, en los que tenía lugar el consumo colectivo de bebidas alcohólicas, como la cerveza, en los vasos de la llamada cerámica campaniforme.

 

Enterramiento Campaniforme

Planta 0, Sala 8

Prehistoria: Edad del Bronce (2.200-850 a.C)

Cista de Herrerías

La cista de Herrerias es un enterramiento típico de las poblaciones metalúrgicas que habitaron el sureste de la península y crearon la llamada cultura del Argar. En esta cista o caja formada por 6 lajas de piedra, Luis Siret, un pionero de la arqueología, halló un esqueleto con las piernas y brazos replegados sobre su costado izquierdo, para lo que posiblemente fue atado de forma conveniente. Su ajuar funerario estaba constituido por sus armas, como correspondía a los varones de cierta posición social, y por los recipientes de cerámica en los que sus familiares le ofrecieron alimentos para asegurarle la supervivencia.

Lo más notable de este enterramiento es que fue construido, al igual que todas las tumbas de los poblados argáricos, bajo el suelo de una casa para mantener de este modo al antepasado difunto cerca de la comunidad de los vivos. Sin embargo, no toda la población tuvo derecho a ser enterrada, ni se enterró con el mismo tipo de ajuar, ni en el mismo tipo de tumba. El estudio comparativo entre las tumbas de los poblados argáricos evidencia diferencias de género y la consolidación de la desigualdad social, al hacerse hereditarias las posiciones de poder como demuestra la existencia de algunas tumbas infantiles acompañadas de ajuar.

 

cista-herrerias

Planta 0, Sala 9

Prehistoria: Edad del Bronce (2.200-850 a.C)

Diadema de Caravaca de la Cruz

Esta diadema es un ejemplar único por ser de oro, ya que todas las diademas encontradas en las tumbas de los poblados metalúrgicos de la cultura del Argar son de plata, aunque tengan una forma parecida. Por esta razón, los arqueólogos han interpretado que fue un objeto de lujo exclusivo de mujeres, en cuyos enterramientos aparece, y que lo utilizaron como símbolo de ostentación de su poder y prestigio social.

La misma interpretación han dado a los anillos, pulseras y collares, de oro, plata o marfil, con los que se adornaron y enterraron tanto los hombres como las mujeres importantes de la comunidad argárica. Eran elementos que permitían visualizar simbólicamente las diferencias sociales propias de estas sociedades organizadas jerárquicamente.

El poder de esta élite social se fundamentó en el control de la producción agrícola y metalúrgica, del comercio a larga distancia y de la defensa de la población.

 

Diadema de Caravaca

Planta 0, Sala 9

Protohistoria


Poblaciones del interior de la Península. Soporte de Calaceite

Desde el siglo IX hasta el siglo V a. C, los pueblos que vivían en torno a la Meseta, en los valles de los ríos Ebro, Duero y Tajo, evolucionaron gracias a las aportaciones culturales de los pueblos mediterráneos y centroeuropeos, aunque las asimilaron en distinto grado, según la intensidad de los contactos. Su participación en los circuitos comerciales de bienes de lujo, que habían establecido fenicios y griegos, fue monopolizada por los grupos sociales dominantes. Estos se aseguraron el uso exclusivo de esos bienes de prestigio. Además, asumieron rituales de las élites mediterráneas, en los que se usaban braseros para quemar perfumes y, al igual que ellas, se enterraron con ricos ajuares constituidos por armas y objetos del banquete funerario.

Esta elegante pieza realizada en bronce es el soporte de un brasero, que se colocaría sobre él cono superior para elevarlo. La figura del caballo, animal que según la tradición indoeruropea transportaba a los difuntos al mas allá, le da un sentido funerario. El estudio de su contexto arqueológico ayuda a explicar mejor su significado. Se halló casualmente en una tumba, formando parte de un ajuar constituido por una coraza decorada con círculos concéntricos, grebas y dos espadas. Junto a este conjunto de armas, que indudablemente perteneció a un personaje relevante, aparecieron fragmentos de objetos relacionados con ceremonias rituales, como las tres asas de bronce de un recipiente y un cazo también de bronce. Esta conjunción de objetos tan dispares aparece también en tumbas coetáneas del sureste francés, lo que permite suponer que los difuntos compartían su posición aristocrática y las ceremonias rituales relacionadas con ella.

Soporte de Calaceite

Planta 1, Sala 10

Protohistoria

Tartessos. Tesoro de Aliseda

Tartessos aparece mencionado en la Biblia como un lugar en el extremo occidental del Mediterráneo, rico en plata. Los datos arqueológicos avalan su situación en el suroeste peninsular durante los siglos VIII y VI a.C. Sin embargo, la génesis de la cultura tartésica tuvo lugar en el siglo anterior, cuando la aristocracia del sur peninsular, al contactar con los fenicios, inició la asimilación de rasgos culturales orientales. La “orientalización” cultural consolidó el poder de esta aristocracia local, que controlaba el comercio y la distribución de objetos de lujo en su propio beneficio. Los atesoró y exhibió como signos visibles de su poder y después se enterró con ellos, como demuestran los ricos ajuares hallados en sus tumbas. El “tesoro de Aliseda” es uno de los más extraordinarios. Lo componen 285 objetos de oro, algunos con piedras engastadas, un espejo de bronce y el conjunto para libaciones formado por un brasero y un vaso, ambos de plata y un jarrito de vidrio con inscripción egipcia. Los motivos decorativos son de origen oriental, pero las piezas fueron fabricadas en un taller local, que dominaba las técnicas fenicias del granulado, la soldadura y la filigrana.
 

Tesoro de Aliseda

Planta 1, Sala 10

Protohistoria. Pueblos Ibéricos


El ritual funerario: la cremación. Vaso de “Los guerreros”

Los iberos concedieron mucha importancia al ritual funerario de la cremación del cadáver, aunque su complejidad dependía de la posición social del difunto. Cuando éste era importante, la pira era alta y de buena madera. Encima se colocaba el cuerpo vestido para la ocasión y acompañado de sus objetos personales. A continuación, se procedía a la cremación. Durante ese proceso se arrojaban al fuego ofrendas y perfumes. Finalmente, se guardaban las cenizas en la urna. En la tumba se depositaba la urna junto al ajuar.  En paralelo, se celebraba el banquete ritual junto a la tumba. Asistían familiares, amigos y clientes del difunto.

El llamado Vaso de Los Guerreros de Archena es un kálathos excepcional por las escenas que decoran sus paredes. Fue utilizado como urna cineraria del guerrero que lo encargó, de ahí que las escenas tengan un sentido de exaltación del difunto. En ellas se muestra la lucha entre dos infantes armados con lanza y escudo ante la presencia de un lobo. Uno de ellos ha clavado su lanza en el otro. A sus pies, yace la figura de un guerrero herido o muerto. Sigue a ésta, una escena de caza en la que un jinete persigue a dos jabalíes, tras haber logrado clavar la lanza en uno de ellos. De nuevo, a los pies del caballo yace una figura humana. La última escena muestra a un jinete en el momento de atacar con su lanza a un infante que se protege con un gran escudo oval. En todas las escenas hay un protagonista reconocible: el difunto, cuyas cenizas se depositaron en el kálathos. Él es el vencedor en todos los episodios, que tienen un profundo sentido simbólico relacionado con el triunfo sobre la muerte y la heroización del guerrero por sus hazañas.

Vaso de los guerreros

Planta 1, Sala 11

Protohistoria. Pueblos Ibéricos

Tumbas aristocráticas. Pozo Moro, la tumba de un monarca

Los cementerios ibéricos se situaban junto a los caminos, visibles en el paisaje. La monumentalidad, riqueza y situación de las tumbas fueron reflejo de la jerarquización social, aunque se desconoce como se enterró un amplio sector de la población. La élite social se enterraba en tumbas monumentales que podían adoptar la forma de torre con esculturas de animales protectores en sus esquinas.

Esta tumba turriforme es única en su género porque los relieves que la decoran son imprescindibles para comprender el influjo de los mitos orientales en la mentalidad de los iberos. En ellos se desarrolla un programa iconográfico para magnificar al difunto como fundador de su linaje, aunque no haya total acuerdo en su interpretación. Se inicia con la representación de una imagen femenina con el peinado típico de la diosa egipcia Hathor, que sostiene dos enormes flores de loto, símbolos de fecundidad y renacimiento. Continúa con la imagen del héroe portando el árbol de la vida, que ha logrado venciendo a los monstruos y que le asegura la inmortalidad. Sigue una escena de banquete. Un ser monstruoso de dos cabezas sujeta con una mano la pata de un jabalí y sostiene con la otra un cuenco con una figura humana, quizás el difunto. Se dispone a ingerirla para conducirla de este modo a la esfera de los dioses. Completan el programa la figura de un guerrero luchando contra monstruos y una escena sexual de unión carnal de un personaje masculino con una diosa. De ser el difunto, esta unión daría un origen divino a su descendencia, es decir, a la aristocracia local.

Tumba de Pozo Moro. Detalle

Planta 1, Sala 12

Protohistoria. Pueblos Ibéricos

Dama de Baza

La denominada Dama de Baza es una urna cineraria antropomorfa, tallada magistralmente en piedra caliza por un escultor ibérico en el año 400 a.C. Representa a una importante mujer de la sociedad ibérica. Los rasgos individualizados de su rostro remiten a una persona concreta lujosamente ataviada con túnica y manto, y ostentosamente adornada con ricas joyas de influencia oriental. Se sienta sobre un trono, que tiene una oquedad bajo el asiento, en la que se hallaron los restos cremados de la difunta.
La escultura se descubrió en una tumba excavada en la necrópolis ibérica de Baza, la antigua Basti, en Granada. En ella se encontró también un ajuar compuesto por lujosas cerámicas y cuatro panoplias de guerrero, testimonio de los juegos bélicos que se celebrarían en sus honras fúnebres, como si de un héroe guerrero se tratara. Además, la utilización de ciertos símbolos divinos, como el respaldo del sillón con apéndices en forma de alas y el ave que lleva en la mano, refuerzan la vinculación con la esfera divina de esta poderosa mujer, reconocida por su grupo familiar como la antepasada fundadora de su linaje aristocrático.
 

Dama de Baza

Planta 1, Sala 11

Protohistoria. Pueblos Célticos


La necrópolis, espejo de la sociedad. Pectoral de Aguilar de Anguita

El ritual funerario que prefirieron los pueblos célticos fue la cremación. Los restos cremados del difunto se introducían en una vasija utilizada como urna funeraria que se enterraba en un hoyo junto con el ajuar funerario. Todo ello se cubría con un túmulo o se rodeaba de lajas y se señalizaba con una estela. Si el difunto era militar, le enterraban con sus armas, tras quemarlas con él e inutilizarlas ritualmente. Hay ajuares que sólo pudieron pertenecer a un régulo por la cantidad y calidad de los elementos del ajuar funerario. Tal es el caso de este ajuar compuesto por armas, ofensivas y defensivas, y dos bocados de caballo: uno de doma y otro de monta, además de otros objetos de indumentaria en bronce, tales como un significativo pectoral de discos, un casco, un broche de cinturón y una fíbula.

El pectoral está formado por dos discos de bronce, uno para el pecho y otro para la espalda, y varias placas discoidales y ovales que cuelgan sujetas por cadenas. Discos y placas están decorados con círculos concéntricos repujados y pequeñas líneas incisas, que pueden interpretarse en relación con la simbología astral y podían tener un significado protector para su portador. Probablemente, perteneció a un régulo celtibérico, que se lo colocaría sobre una camisa de cuero para exhibirlo en ceremonias y celebraciones donde mostraba, de este modo, su alta posición social. Formó parte de su ajuar funerario junto con sus armas ofensivas y defensivas, la mayoría de hierro, y varios objetos de su indumentaria. Algunos de estos elementos, de calidad excepcional, muestran claras relaciones con el mundo ibérico.

 

Pectoral de Anguita

Planta 1, Sala 14

Hispania romana

Monumentos funerarios. Sarcófago de Orestes

Los hispanorromanos sentían la muerte como un hecho cotidiano y sus efectos, contaminantes, motivo por el que situaron los cementerios en las afueras de la ciudad. Todos, hasta los más modestos, se aseguraban el entierro y la tumba, pero las familias poderosas aprovechaban también el ritual funerario para hacer ostentación de su posición. Cuanto más adinerada fuese la familia, mas opulento y lujoso era el cortejo fúnebre porque el gasto superfluo era una manera de exteriorizar la medida de su dolor y su estatus. También por esta razón encargaban sarcófagos bellamente decorados que colocaban en monumentales mausoleos que destacaban sobre las aras y estelas que marcaban las tumbas.

Este sarcófago fue importado de Roma por una familia noble y rica que lo expuso en el mausoleo familiar con el cadáver de un ser querido. Frente a la urna, el sarcófago presentaba mayor superficie, idónea para narrar historias sobre los valores y creencias del difunto. En este se narra la tragedia griega de la venganza de Orestes, frecuente en los sarcófagos romanos pero de significado funerario difícil de interpretar.
En distintas escenas, Orestes, hijo de Clitemnestra y del rey Agamenón, va labrando su trágico final, iniciado al asesinar a su madre y a su amante, culpables de la muerte de Agamenón. Lo presencian todo su amigo Pílades, su nodriza y un sirviente. Tras la venganza, huye acosado por las Furias que le amenazan con la serpiente del remordimiento e iluminan el camino de la persecución con la antorcha. Vencido por la fatiga y los remordimientos, Orestes se refugia en Delfos rodeado por las agotadas Furias e implora la protección de Apolo, que no consigue. Huye hasta Atenas, donde la diosa Atenea decide con su voto su ansiada absolución.

Sarcófago de Orestes

Planta 1, Sala 21

Edad Media. Antigüedad Tardía (s. IV-V)

Difusión del cristianismo. Lauda de Ursicinus

A partir del año 313, con la promulgación del edicto de Milán, el cristianismo se fue extendiendo por la península Ibérica, sobre todo entre los grandes propietarios de las zonas rurales. La nueva religión modificó los ritos funerarios y se generalizó el rito de inhumación.

Este mosaico colorista procedente de Alfaro (Logroño) es una lauda sepulcral que sirvió para cubrir la tumba del personaje acomodado que se representa en ella y que probablemente sería un dominus o señor de una villa. Por las inscripciones, sabemos que se llamaba URSICINO, que murió a los 47 años dejando una hija de 8 años y fue su esposa Meleta quien le dedicó la lauda. Forman parte de la composición símbolos cristianos, como el crismón, anagrama de Cristo, y símbolos paganos, como la corona vegetal que lo rodea, añadiéndole el significado de victoria sobre la muerte. Esta utilización simultánea de símbolos paganos y cristianos demuestra que el programa iconográfico de la religión cristiana estaba en proceso de formación a mediados del siglo IV, fecha en la que fue realizada esta lauda.


 

Lauda de Ursicinus

Planta 1, Sala 23

Edad Media: Visigodos (s. VI-VII)

Necrópolis

En las tumbas de época visigoda se han descubierto ajuares funerarios con un gran número de objetos, aunque el ritual cristiano no contemplaba esta práctica. La mayoría de los objetos formaba parte de la indumentaria, como los broches de cinturón y las fíbulas, o del adorno personal, como los zarcillos, aretes y anillos. El contenido de estos ajuares permite, además, diferenciar tumbas masculinas y femeninas. En las masculinas, aparecen espadas, vainas o cuchillos junto a broches de placa rígida y hebillas, mientras que en las femeninas también aparecen cuchillos pero son más frecuentes los objetos de adorno personal como broches, fíbulas, aretes, collares y brazaletes. También se han hallado tumbas con lápidas funerarias. Las que aquí se exponen llevan símbolos cristianos, como cruces o aves, y con inscripciones en latín relativas al difunto para perpetuar su recuerdo.
 

Ajuares visigodos

Planta 1, Sala 23

Edad Media: Al-Ándalus

Cipo funerario

Cipos cilíndricos como éste marcaban la posición de las tumbas en los cementerios andalusíes situados a las afueras de las ciudades, donde acudían familiares y amigos para visitarlas. Este es un ejemplo de cómo se identificaban las tumbas de personas con un alto nivel social y económico, a pesar de que el Islam promueve la igualdad de todos los musulmanes ante la muerte y buena parte de las tumbas no se señalizaban. Sin embargo, lo que hace que este cipo sea especial son sus dos inscripciones. Por ellas sabemos que perteneció primero a un musulmán y después fue reutilizado por un judío. La inscripción principal, situada en su frente, en caracteres cúficos sobre un fondo rehundido, característico de Toledo, ofrece información sobre el difunto al que está dedicado. Se trata de un personaje importante, el visir Abu Omar, hijo de Musa. Junto a dos suras del Corán figura también en la inscripción la fecha de su muerte (1071). La inscripción hebrea, situada en la parte posterior, menciona a Meir, hijo de Yahuda.
 

Cipo funerario

Planta 1, Sala 23

Edad Media: Reinos Cristianos (s. VIII-XV)

La dimensión social de la muerte. Sepulcro de Doña Constanza de Castilla

El enterramiento en el interior de las iglesias fue privilegio de la nobleza y altas dignidades, aunque la ubicación y riqueza decorativa de las tumbas reflejaron los diferentes estatus de los allí enterrados.  Los sepulcros regios, exentos y monumentales, se decoraron con esculturas funerarias. Fuera de las iglesias, junto a sus muros o en los cementerios, se enterró en sencillas fosas el resto de la población urbana y rural.

Doña Constanza fue nieta del rey Pedro I y priora del monasterio madrileño de Santo Domingo el Real hasta su muerte, en 1478. Fue enterrada en este sepulcro de alabastro, ejemplo notable del arte funerario hispano-flamenco, que estuvo situado bajo un arcosolio, en el coro de la iglesia. La figura yacente de Dña. Constanza está vestida con el hábito de las dominicas y lleva en las manos un rosario y la regla de la orden. El programa iconográfico del sepulcro refleja la doble faceta de su personalidad. Por un lado, las figuras de las cuatro virtudes subrayan su altura moral y su ideal de perfección como religiosa. Por otro, el escudo de armas sostenido por dos ángeles exalta su pertenencia al linaje de los Castilla como era habitual en los sepulcros nobiliarios de la época, aunque en este caso la exaltación tiene un carácter reivindicativo. El mismo que tuvo el traslado de los restos de su padre y abuelo al monasterio con la intención de darles el enterramiento que merecían y que no habían tenido, en el caso de Pedro I, por prohibición expresa de su fraticida hermano, Enrique de Trastámara
 

Sepulcro de Doña Constanza

Planta 2, Sala 27

El Nilo: Egipto y Nubia

 

Mitos funerarios: El último juicio.

En su visión del cosmos, los egipcios creyeron que la vida de ultratumba dependía de que sus acciones hubieran contribuido al mantenimiento del orden cósmico, practicando o promoviendo la justicia social. Por ello serían juzgados después de la muerte.

El orden cósmico surgió con la creación que aquí se representa mediante la imagen de la diosa del cielo separada del dios de la tierra por los brazos elevados del dios del aire. Frente al caos, la creación dio paso al orden y al equilibrio y los egipcios lo llamaron Maat y lo representaron como una tenue pluma. Debía regir la vida en Egipto y las acciones humanas. Tras la muerte, todo egipcio tenía que dar cuenta de ellas.

En éste sarcófago, el alma del difunto se representa como un pájaro con cabeza humana y aparece acompañada por divinidades protectoras. La diosa de Occidente lleva al difunto al juicio de Osiris. Ante éste, los dioses colocan su corazón en un platillo de la balanza y en el otro a Maat, la ingrávida pluma. Si el corazón pesara más que la pluma por no haber podido justificar sus actos será presa de la devoradora de corazones y su muerte eterna. Si ambos platillos se equilibraran, el difunto será considerado “justo de voz” y vivirá para siempre.
 

Disponer de un sarcófago era importante para los egipcios porque de ello dependía la protección de la momia, necesaria para su supervivencia. Estas bellas cajas pintadas no sólo protegían físicamente el cadáver sino que sus coloristas imágenes y jeroglíficos proporcionaban seguridad al difunto en su viaje al más allá. Por dentro y por fuera, en fondo, tapa y contratapa, en su frente y en su espalda, las fórmulas, oraciones y conjuros escritos en ellos eran útiles para facilitarle el camino por el mundo de ultratumba.

Sarcófago del Juicio de Osiris

Planta 2, Sala 34

El Nilo: Egipto y Nubia

En la tumba de Ihé

Estamos en la que pudo ser la última morada de Ihé, cantora de la casa de Amón. Su tumba estaría situada en la orilla occidental del río Nilo. En las paredes de la cámara sepulcral vemos ilustraciones del mundo de ultratumba que le acompañarán en la eternidad.

Su cuerpo momificado, liberado de la corrupción, está en el sárcófago. Antes de entrar en este lugar, un antiguo rito mágico le dio voz y hambre; vista y oído; respiración y movimiento.

Junto a Ihé, cuatro vasos de piedra guardan sus visceras. Las tapas representan a los cuatro hijos de Horus con cabeza de gavilán, mono, hombre y chacal. Le acompañan cientos de figuritas, servidores en miniatura, que trabajarán por ella en el más allá. Lleva consigo todo lo necesario, incluidos sus más preciados objetos cotidianos.

La cantora del templo de Amón, Ihé, ya está preparada para su nueva vida.
 

Tumba de Ihé

Planta 2, Sala 35

Grecia

La Muerte: Lécitos blancos para el luto


Este esbelto lécito fue el icono de la muerte para los griegos. Guardaba los aceites perfumados con los que se purificaba el cadáver, y después del entierro, quedaba en la tumba en señal de respeto. La muerte para los griegos suponía una separación brutal. Quizás por miedo al olvido, dibujaban en estos vasos las imágenes de sus seres queridos, y así podían recordarlos llenos de vida. En Grecia, el luto era blanco, como estos vasos fúnebres, los mármoles de sus estelas o sus tumbas.

Luto blanco y luminoso, como deseaban los griegos que fuese el final del incierto y oscuro camino que iniciaban sus muertos. Sabían que un temido barquero les acompañaría hasta la otra orilla, pero no el destino que le esperaba a cada uno.
 

Lécito

Planta 2, Sala 36